Por qué la naturaleza es la mejor herramienta para enfrentar el cambio climático
Sequía, desertificación, incendios forestales, olas de calor. Para todos estos procesos, hay una solución verde.
La naturaleza está de nuestro lado. Protegerla y restaurarla es cuidar de la raza humana, ya que es una gran aliada a la hora de enfrentar el cambio climático, y no solo por su capacidad de absorber carbono de la atmósfera.
Los ecosistemas como los bosques -arrasados en el norte argentino-, los humedales -que en el Río Paraná arden hace meses- tienen la importantísima función de "amortiguar" los climas extremos y proteger los cultivos, las fuentes de agua dulce y la infraestructura vital.
Así surge la Adaptación Basada en Ecosistemas (EBA, por su nombre en inglés), la estrategia de usar la naturaleza como defensa contra los impactos climáticos. Una para todos, y todos para una.
Estos son algunos de los problemas, y cómo la naturaleza ayuda a solucionarlos, detallados por el Programa de Naciones Unidas para el Cambio Climático.
Sequía
La Adaptación Basada en Ecosistemas propone la "infraestructura verde" en lugar de la gris. Es decir, en lugar de utilizar tuberías, presas y embalses artificiales, usar sistemas naturales o seminaturales.
Los humedales naturales como los arroyos y lagos, por ejemplo, son como esponjas que arrastran el agua hacia el suelo y recargan los suministros de agua subterránea. Cuando están sanos, capturan agua durante las lluvias intensas y la almacenan en tiempos de sequía. Del mismo modo, los bosques saludables recargan los suministros subterráneos al absorber agua a través de sus raíces y filtrar los contaminantes.
Algunos de los mejores exponentes de esto están en Estados Unidos, donde 180 millones de personas de más de 68.000 comunidades dependen de las tierras forestales para capturar y filtrar su agua potable. También en India, en el estado de Rajastán, donde en 1986 hubo una sequía devastadora y desde entonces las comunidades locales trabajan en la regeneración de los bosques y ya lograron un aumento de varios metros en los niveles de aguas subterráneas.
Incendios forestales
Solo en 2019 los incendios forestales causaron estragos en la Amazonía, California (Estados Unidos) y Australia, ardiendo por semanas frente a las cámaras para todo el mundo.
Para evitarlos suelen utilizarse cortafuegos, es decir eliminar una parte del bosque para crear una franja sin vegetación por donde el fuego no pueda viajar. En cambio, la Adaptación Basada en Ecosistema propone otro tipo de cortafuegos sin costo para el bosque: los cipreses.
Un tremendo incendio forestal que hubo en España en 2012 demostró que los cipreses mediterráneos resistieron el fuego. Estos árboles retienen mucha agua, incluso bajo un calor sofocante, y sus hojas caídas forman un ambiente húmedo en la base del tronco. Por eso, se planea plantarlos como "cortafuegos naturales" en toda la región mediterránea.
Olas de calor
La ironía: para mantener frescas las viviendas en las zonas urbanas se utilizan enormes sistemas de aires acondicionados que emiten grandes cantidades de carbono a la atmósfera y generan así más y más calentamiento global. Casas frescas, planeta no.
Para este calor urbano, en gran parte potenciado por la propensión del hormigón a absorber calor, la solución podría ser una cobertura de árboles. Así como los humanos transpiran para mantener sus cuerpos frescos, los árboles enfrían el aire a su alrededor al liberar agua a través de sus hojas.
Así, a través de la evaporación, un solo árbol saludable puede tener el mismo poder de enfriamiento que diez unidades de aire acondicionado. Y eso sin contar el plus de la sombra, que según un estudio hecho en Estados Unidos, puede reducir los costos de enfriamiento de una vivienda unifamiliar entre 20% y 30%.
Inundaciones costeras
Se calcula que para 2050 el nivel del mar podría ser tan alto como para causar graves inundaciones al menos una vez al año en comunidades costeras donde habitan 300 millones de personas.
Para evitar esas inundaciones, e incluso frenar la desintegración costera a causa de la erosión, los manglares y los arrecifes de coral son grandes opciones. Provocan que las olas rompan antes de llegar a la orilla y así disminuyen su fuerza y altura. En el camino, baja la probabilidad de que el agua llegue a tierra.
Según el Programa de la ONU, un estudio que se hizo en 52 lugares demostró que los hábitats naturales son de dos a cinco veces más efectivos y rentables que las estructuras de ingeniería para reducir la altura de las olas.
En una ciudad de Tanzania, Kisakasaka, los vecinos reforestaron cientos de hectáreas de manglares y lograron que el agua dejara de infiltrarse en las granjas y envenenara los cultivos con la sal.
Deslizamientos de tierra y erosión
Los deslizamientos de tierra son un problema grave en algunos lugares del mundo, y el cambio climático no hace más que exacerbarlos. En la isla de Banks, al norte de Canadá, los deslizamientos subieron 6000% en las últimas décadas, debido sobre todo al descongelamiento del permafrost.
Para que la tierra no esté suelta y favorezca el deslizamiento, hay dos cosas que pueden hacerse preventivamente: aumentar la unidad del suelo y reducir la erosión por la escorrentía de las aguas superficiales. Y eso se logra con vegetación que absorba agua y ancle el suelo en su lugar.
Desertificación y tormentas de arena
Clima cada vez más seco, aumento del pastoreo y pérdida de la biodiversidad: un combo para la desertificación. Además, al talar los bosques, el desierto se expande aún más porque se pierde la capacidad de los árboles de retener la humedad en el suelo. Desde 1920, el desierto del Sahara se expandió 10%, arrasando con pozos de agua y tierras de cultivo.
Para detenerlo, en África trabajan en un ambicioso proyecto: una Gran Muralla Verde de árboles y arbustos, de 8000 kilómetros de largo para frenar el avance del Sahara y sus tormentas de arena. Entre los 21 países que la siembran, el proyecto tiene el potencial de crear 10 millones de empleos verdes para 2030, según la Convención de las Naciones Unidas de Lucha Contra de la Desertificación.
Mientras, en Sudán, la desertificación genera enfrentamientos entre grupos que pelean por los recursos, cada vez más escasos. Por eso, en 2017 el Gobierno lanzó un proyecto de plantación de "cinturones de refugio": líneas de árboles o arbustos que protegen un área de cultivos del clima extremo. Así, este proyecto de resiliencia climática propone que la naturaleza pueda solucionar no solo la escasez de cultivos, sino también los conflictos sociales.